( ...) Me contabas en tu última carta - llegó hace una semana - que le habian rapado la cabeza a una presa. Sé cómo debió sentirse. Es como si te encadenaran de pies y manos, hasta que aprendes a soltarte. Te lleva como una semana. Pero el odio que sientes por las manos que lo hicierón dura para siempre.
Son las tres de la madrugada, y puede que tú tampoco duermas.
Se rompió una silla, tenía las patas desencajadas, el asiento flojo y algunos travesaños desencolocados y sueltos(...) Conseguí arreglarla y entonces sucedió algo extraño. Me eché a llorar. Lloré tanto que las lágrimas me cegaban. (...) ¿Qué me hizo llorar? ¿Que fuera tan fácil arreglar la silla, mientras que lo demás es tan difícil? (...)
Son las cosas pequeñas las que nos asustan. Las cosas inmensas, aquellas que pueden matarnos, nos hacen valientes.
A .
lunes, 1 de marzo de 2010
De A para X ****
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