domingo, 9 de mayo de 2010

La grieta

"La Grieta” es el término usado para denominar a unas criaturas femeninas que conforman un mundo fantástico creado por Doris Lessing y el origen de nuestro mundo. Un día, una de ellas da a luz a un hombre, que las demás consideran como un monstruo, por la protuberancia que aparece entre sus piernas. Este hecho provoca que lo abandonen a su suerte sobre una roca, donde morirá. Sin embargo, tras él nacerán otros. Nos lo cuenta un patricio romano, que como guardián de unos documentos antiguos, que a su vez se remontan a testimonios orales aún anteriores, se plantea como aprendieron a convivir nuestros ancestros e imagina sus primeros encuentros, las peleas, los reproches, el deseo de tocar y penetrar otros cuerpos, hasta llegar a ese primer gesto de ternura que nos definió para siempre como seres humanos.



"Él negó con la cabeza y ella grito ¿Están muertos entonces? ¡Has matado a nuestros niños!!!. Oh tendría que haberlo supuesto. Eres tan imprudente, no te preocupas…se quedaron ahí, la una frente al otro, en la orilla de esa espléndida playa que pronto albergaría a todas las mujeres y criaturas y a los hombres que las visitarían. Estaba henchida de rabia, mientras él permanecía ahí, abatido, culposo, incriminado. Marona gritó y no cesó de gritar hasta que su voz enronqueció y enmudeció, y se quedó mirándolo, pero mirándolo de verdad. Estaba temblando, abrumado por el dolor que ahora de verdad sentía, porque la magnitud de la pena de ella le mostraba la gravedad de su error. Y ella lo vió, lo entendió. Se dió cuenta, y realmente comprendió lo que significaba esa lastimosa pierna, esa pierna marchita y retorcida.
 La ternura no es una de las cualidades que acostumbremos a asociar a la juventud. La vida nos la inculca a fuerza de golpes, nos hace más dulces y dúctiles de lo que nuestro orgullo juvenil nos había permitido. Jorsa vió a Marona como nunca antes la había visto. Tal vez la había sentido (más de lo que la había observado) como una presencia acusadora. Vió a una niña estremecida, toda cubierta de polvo blanco, aunque las lágrimas habían borrado los últimos grumos de su rostro. Estaba tan afligida, tan indefensa: la madurez le llegó en ese instante, cuando avanzo hacia ella para abrazarla y ella le abrió los brazos”

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